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con roscas como fuelle, ya son tan ajustados y estrechos, que necesitan calzador, y me admiro de que no hagan callos como los zapatos. Las casacas no han sufrido ménos modas y mutaciones: ¿quantos habrán usado el arbitrio de deshacerlas para acomodarlas á los diferentes ayres de corte que se han ido adoptando, recogerlas y estrecharlas hasta que las carteras y faldillas se junten atrás, y hagan la figura del confluente de dos rios, y añadirlas los requisitos de solapas y collarines, que esconden como en vayna todo el cuello, y sirven para sostener las orejas?

Si en el ridículo trage y figura en que hoy van los que visten afrancesado se hubiese presentado uno en el prado diez años hace, hubiera excitado la risa

y la burla de todos los que le viesen, y ahora nadie se afrenta de ir en un trage tan ridículo, y todos hacen alarde de lo que es moda, y de no parecer verdaderos y graves españoles. ¿Como se 'reirán los extrangeros al ver con quánta facilidad nos introducen y adoptamos sus usos, sus géneros, sus modas, y su continua variacion de trages? De ellos sin duda han venido los casacones largos, que parecen batas, sobre los que, y sobre tantos cuellos y sobre cuellos, que subiendo en diminucion parecen es

calones de presbiterio en semicírculo, sienta que es un primor el sombrerito redondo de copa alta, y dan al sugeto un ayre agigantado y horrible, como el de un ajusticiado; y lo mejor es, que siendo los tales cuellos y sobre cuellos un gasto inútil, y de ninguna comodidad, los vemos trasladados á las capas y capotes, sin otro motivo que porque así es la moda, y es menester seguirla. Es una cosa bien afrentosa para el sexô masculino el que cada dia hayan de inventarse y usarse tales disfraces, y que la autoridad y gravedad de los hombres se permita á la progresion de tantas modas, y se dexe arrastrar de una inclinacion afeminada y vituperable, aun en el otro sexô. Me he extendido hasta el punto de molesto, porque el asunto lo exîge, y que hubiera quien tratándole de propósito, ridiculizase tanta invencion como cada dia vamos viendo, é hiciese al Estado el obsequio de contener un exceso y desenfreno que tanto le oprime y debilita, y por cuyo remedio y reforma suspiran los cuerdos, y aun muchos de los que siguen las modas, y se ven oprimidos por la instabilidad y ninguna duracion de ellas, y por los muchos é inútiles gastos á que continuamente les empeñan.

Verdaderamente, dixo Don Anselmo,

el mal ha llegado á su último incremento, y estando ya tan envejecido, que es y se ha hecho habitual en ámbos sexôs el anhelo de andar variando y buscando cada dia nuevos requisitos al adorno, es de dificultosa cura, y nada podrá adelantárse mientras los hombres no empezasen á conocer el yerro, y á pensar de otro modo que hoy. No hay exceso ni locura que no tenga prevenidos fundamentos y pretextos con que disculparse.

En la Corte se piensa que á su grandeza y decoro corresponde el ornato brillante, el vistoso adorno, y el fino y delicado gusto en el vestir, para que así compita con las demas de la Europa, y haga entre ellas el conveniente papel; y este general concepto puede influir algo en la continua progresion de las modas, y servir de excusa á los que la siguen, És verdad, dixo Don Modesto, pero no alcanza esa disculpa, porque el ayre, brillantez y decoro de la Corte no está vinculado al abuso y fluxo continuo de lo que se llama moda, y podria sostenerse con un trage nacional y constante, con mas decoro que el de la continua variacion, y sin el desayre de adoptar con tanto dispendio y nota de subordinacion los usos, trages, é invenciones extrangeras; y por conclusion, el mal necesita de remedio,

Pues á la verdad, dixo Don Feliciano, que siendo tan robusto y envejecido como se dexa ver por la descripcion que ha hecho mi amigo Don Modesto, (á quien debemos el gusto y deleyte que nos ha causado con ella y con las especies literarias que ha vertido esta tarde), necesita de un fuerte y eficaz correctivo, y que solo podria alcanzar una severa ley ó pragmática, que se hiciese executar sin disimulo y con todo rigor contra las primeras personas que se presentasen con nuevo requisito ó adorno que ántes no se hubiese usado, ó excediese en el debido número y clase de las guarniciones, porque á estos tales se debe tener por primeros inventores de las modas, ó á lo menos por publicadores y establece dores de ellas; y yo concederia inmunidad y libertad á los pencazos y rabanazos de los muchachos, que yo aseguro que la chusma de ellos contendria mas que todos los Alguaciles, y no dexarià títere con bonete. Todo quanto se acaba de batir y proferir, dixo Don Anselmo, lo considero muy fundado en razon, y el resultado es que la progresion é instabilidad de las modas es un abuso perjudicial, y que exige ser corregido y contenido; pero esto tiene contra sí la opinion de algunos que se aferran en sostener, que la continua progresion pro

porciona ocupacion á los artesanos, despacho y salida á los géneros, fomento al comercio, y utilidad al Estado. Los sequaces del rigorismo no extraño, replicó Don Modesto, busquen razones para cohonestarle y sostenerle: todo lo que en abono suyo se alega, estaria bien quando los géneros que prestan pábulo á las modas fuesen todos nacionales y de nuestras fábricas; y con todo si se comparan aquellas pocas ventajas con los perjuicios que trae la continua progresion, se verá quán hácia estos cae la balanza. Las meras opiniones, por autorizadas que sean, no deben preferir á las evidencias y desengaños: cada uno es de su distinto modo de pensar, y aliter olent catuli, aliter sues. En lo moral no son menores los estragos, ni ménos fatales las conseqüencias que produce el rigorismo y los excesos de que hemos hablado. Séneca (1) se lamentaba de que este desarreglo era evidente nota del relaxamiento, diciendo: Conviviorum luxuria, & vestium egræ civitatis indicia sunt. Y Salustio abanzó á señalar algunos de los males, que son conseqüencia de la inmoderada profusion, diciendo que empeña á la juventud á maldades (2): son

(1) Senec. Epist. 115.

(2) Salust. in Conjurat. Catilin.

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